miércoles, 6 de noviembre de 2013

(3) Kalkan y Kas, la armonía licia

Desde la habitación tomamos esta foto a primera hora de la mañana del primer día. Estamos en Kalamar Bay, a las afueras de Kalkan.

Recién llegados a estas tierras tan poco conocidas (y para ello no hay más que encomendarse a San Google y ver lo poco que aparece) hacemos lo que todos o casi todos: reconocer el terreno para situarnos.
 
 Por eso el domingo una vez resueltas las cuestiones funcionales (nos entregaron la furgo de alquiler, recorrimos la casa a plena luz del día pues habíamos llegados con noche cerrada y hicimos la primera compra) para después irnos de excursión por los alrededores.

 Kalkan, donde estamos, aunque un tanto en el extrarradio, y la vecina Kas, las dos pequeñas poblaciones que hay en esta parte de Turquía. Y también empezamos a disfrutar de la casa, que es magnífica.

 Está realmente bien: cuatro habitaciones con sus respectivos baños, todas con vistas y terraza, un amplio salón con la cocina incorporada, espacio exterior sombreado, plantas y, claro, la piscina.
 
Y una de las habitaciones con dos camas supletorias en un cuarto anexo que no precisamos.

 Antes de irnos de excursión logramos montarnos un pequeño desayuno con las viandas que encontramos en el frigo y un poco de buena voluntad.

Parte del personal se fue a hacer la compra y Marién no tardó mucho en meterse en la piscina.



 La furgo, aparente y amplia, tiene muchas virtudes, entre las que destacan las antedichas y también una cierta antigüedad (2008), mucho para un coche de alquiler, y unos 200.000 km. En las cuestas, que abundan, tenemos que animarla ya que afoga un pouquiño, pero nos va transportando y a Alfonso se le da estupendamente llevarla.


 Toda Turquía está estos días sembrada de banderas y ya sabemos el motivo: el martes 29 es la fiesta nacional, conmemoración de la fundación de la república tal día del año 1913 por Kemal Atatürk. En la foto vimos cómo utilizaban una pala para colocar las banderolas en la calle.

En Kas nos sorprende que este pueblito de pescadores haya tenido tanto gusto para transformarse en una villa dedicada al turismo.

Hemos visto caminanes cargando con las mochilas- qué tiempos aquellos- y el camino Licio tiene cierta presencia.

Las calles mantienen su aspecto tradicional albergando en sus bajos tiendas, comercios y locales hosteleros, pero todo en un entorno equilibrado y limpio.

Las buganvillas todavía están en flor...

Ahora somos pocos visitantes, pero nos imaginamos que en temporada alta, verano, esto debe estar petado.


Hay flores y plantas por todos los lados, lo que da un toque más agradable al paisaje urbano. Por lo demás, nos olvidamos que estamos en Turquía, por los pocos pañuelos que se observan


En la foto superior, la tumba en piedra de un jerarca licio, una civilización del milenio anterior a Jesucristo.Llegada la hora seguimos el consejo del dueño de la casa, con el que Ana habló por la mañana, y nos fuimos a comer al restaurante VATI, del puerto deportivo, en las afueras. 

Un sitio pelín pijolis, con vistas y frente a una morea de barcos de vela impresionantes.

Probamos pescados de la zona guisados según los canones de la nueva cocina y unos postres (arriba) que nos encantaron.



Y después, recorrido por Kalkan para localizar a Osmán, el capitan del barco que tenemos reservado para pasarnos el martes navegando por la zona.


En esta foto se nos añadió el perro.

El puerto deportivo de Kalkan está también a tope, con yates de todos los tamaños, grandes también, y abundancia de veleros de madera, y la playa, como casi todas, de cantos rodados.

En este paseo nocturno descubrimos el sistema infalible para que se respeten las direcciones prohibidas: unos pinchos que si vienes de frente (de donde no debes venir) te revientan las ruedas. Tremendo, pero sin duda efectivo.

Y tras descubrir las terrazas de los restaurantes dan personalidad a Kalkan, para cenar al aire libre con grandes faroles y vistas al mar, nos retiramos tras una jornada agobiante de turismo. Nosotros cenamos en casa, porque se han descubierto unos extraordinarios cocineros y ayer le tocó a Alvaro y Paco. Así que junto a la piscina y en la calma de la noche, apuramos las últimas horas del día supertranquilos.

Y como no me he olvidado, os aclararé el enigma del aeropuerto de Dalamán a la llegada: la maleta de Mariem llegó rota y se hizo la oportuna reclamación. En principio, no había a quien hacerlo y en estas llegó nuestro taxista. Insistimos, retrasando la salida y dando mil vueltas por este pequeño aeropuerto, y al final consiguió a cambio otra nueva un poco más pequeña. Quedó la mar de contentiña.

martes, 5 de noviembre de 2013

(4) Junto al mar a 2.400 metros de altura

Día de cierto madrugón. Íbamos al monte Olympos (no confundir con el Olimpo griego) y eran unos 150 kilómetros. Por tanto, prontito a desayunar (7,30 horas) para salir pitando. 

Pero ello no impidió que Paquito le restase tiempo al sueño para entrenar. El viajecito fue un poco largo, pero entretenido en la furgona. 
 
Al final llegamos a la base del montecito, que se las trae, como se puede ver en la imagen anterior.
En la cumbre finaliza el funicular. 

No os fiéis de algunas sonrisas, que hubo quien tuvo sus más y sus menos en el proceso de debate con su vértigo, pero salió triunfante, claro.




La vista desde el cacharrito que subía a bastante velocidad era magnífica.

Bueno, se le conoce como Olympos pero también como Tahtali.
Aquí ya estamos todos arriba del todo, justo en la  terraza del edificio.




La vista desde arriba es espectacular, sobre todo porque el Olympos está casi pegado al mar y su altura se aproxima a los 2.400 metros. No es algo habitual.



A este lugar se asciende únicamente por el placer de disfrutar de la vista ya que arriba es lo único que se puede hacer, aunque el edificio del funicular tiene las consabidas tiendas, restaurante y demás servicios.






Por tanto, allí estuvimos un rato dando vueltas, viendo el panorama desde todos los lugares posibles, haciéndonos fotos como estas panorámicas de Álvaro. 
 
Eso sí, nos llamó la atención lo caro del billete para el nivel de vida turco (30 euros), pero es evidente que construir el teleférico tuvo que costar lo suyo.






Nosotros le hicimos los honores como se merecía y oteamos el horizonte desde todos los ángulos posibles.

De allí cogimos la ruta para la cercana Faselis, una antigua ciudad del 600, año arriba o abajo, antes de Cristo. Está muy deteriorada y aparenta recibir pocos cuidados. Se halla en la costa, en una pequeña península con una entrada estrechita de unos 150 metros de ancho y el mar a ambos lados.

Debió ser una población importante que llegó a contar con tres puertos, uno en cada lateral y el lugar es especialmente atractivo.



Aunque el paso del tiempo, y con seguridad la mano del hombre, la ha dejado muy tocada, se pueden observar con claridad los restos de los baños, la calle principal, el ágora y otros muchos lugares.

La pena es que no parece existir ningún plan de conservación ni puesta en valor digno de tal nombre, salvo unos carteles un tanto deslavazados. Se limitan a cobrar la entrada, 3 euros, y nada más. 
El sitio con mayor atractivo es el anfiteatro, que es buena muestra del poderío de la antigua urbe,  famosa sobre todo porque por aquí pasó Marco Antonio y se declaró a Cleopatra.

Y puestos a rememorar, Álvaro sacó del baúl de los recuerdos de su memoria sus tiempos de dedicación al teatro. De motu propio bajó al escenario y nos deleitó con unas declamaciones que nos dejaron sorprendidos por su nivel.

Tanto que hubo aplausos que encontraron la recompensa de un bis, y a los que se sumó una familia alemana que también lo escuchó con aparente interés.




El día avanzaba y buscábamos un lugar donde comer con playa para darnos un baño. 
Desechamos la de Faselis, enorme y chula, pero con gente y sin chiringuito alguno, así que nos pusimos en ruta. Dimos un montón de vueltas por corredoiras del país.

Por fin recalamos en Cirali en una playa mixta, lo que no quiere decir que admita hombres y mujeres sino que se produce un maridaje de cantos rodados y arena, con mayor abundancia de los primeros. Allí cumplimos nuestros deseos: baño y comida, por este orden. Y ambos satisfactorios.

En un chiringuito anexo nos despedimos de la jornada con una especie de pizzas hecha con pan de pita en amplias raciones individuales que nos encantaron. Y vuelta para casa que tuvimos que hacer un par de horas de carretera. Se nos hizo corto porque jugamos a las palabras encadenadas y nos echamos unas risas. En el camino paramos a comprar unas chuletitas de cordero y al llegar las hicimos en la barbacoa. Aprovechamos el día pensando que al siguiente nos tocaba la jornada de barco.