sábado, 2 de noviembre de 2013

La ciudad sumergida de Kekova y la patrullera turca

Kekova es una isla muy conocida de la costa Licia. Aparte de un lugar de gran belleza, es famosa por que gran parte de los restos de la antigua ciudad están sumergidos. 
 Al parecer, a causa de un terremoto. En la imagen superior, al fondo la isla de Kekova.

Para llegar a Kekova es preciso ir en barco, por lo que nos acercamos en nuestra furgona a Üçagiz, el puerto desde donde parten. Es un pueblo que evidentemente vive del turismo y en el que fondean docenas de barcos (¿un centenar?), algunos de gran tamaño, que se dedican a trasladar guiris y realizar con ellos todo tipo de actividades.


Al entrar en el pueblo, angosto y de calles estrechas, nos pararon de inmediato. Un "voluntario" nos dijo que en coche no podíamos ir más lejos y se ofreció a llevarnos al puerto caminando para negociar el alquiler del barco. Más tarde nos dimos cuenta de que en la plaza central podía estacionarse, pero son las cosas de la temporada baja: no solo te atienden bien sino que incluso está abierta la veda de la caza al turista. El barco al que nos llevó era lo más parecido a una pota oxidada y ofrecimos alquilarlo por dos horas. Nos dijo que eso costaba 400 liras (150 euros). Nos pareció mucho por lo que regateamos un poco y se quedó en 300. Quizás pudimos forzar un poco más pero regatear también cansa.

Toda esta área está plagada de tumbas licias, que son muy características.

Iniciamos la ruta en una jornada de lo más luminosa y con el tiempo ideal de toda la semana: caluroso pero soportable, y más en el mar.

Junto a nosotros había algunos barcos más y gente con piraguas, una actividad que esta vez no tocó, pero que debe ser la mar de gratificante, a la par que esforzada.

Y mientras esperábamos tranquilos la llegada a Kekova y mirábamos de reojo el ancla, tremendamente oxidada y las barandillas de dudosa estabilidad, llegó la sorpresa.

Se nos acercó un guardacostas turco y obligó a nuestro barco a abarloarse al suyo, operación que duró un ratito. Mientras, nuestro capitán daba muestras de nerviosismo y nosotros no dábamos crédito.

El capitán saltó con los papeles del barco a la nave policial y nosotros, en silencio, esperamos. Como pasaban los minutos, preguntamos a los agentes si el tema era grave. Al poco apareció el capitán, para tranquilizarnos, diciéndonos que el proceso duraría un rato, que se trataba de un  control.

Y así pasó un ratito con los gendarmes en posición, nosotros en la nuestra y tratando de pegar la hebra. Cierto es que nunca vimos un arma y que alguno creyó saber que la patrullera había sido fabricada en el astillero vigués Rodman, pero no terminamos de confirmarlo. También alguno se acordó de "Expreso de medianoche", pero no fue para tanto, y de hecho los chavales nos autorizaron a hacer fotos.


Al final volvió nuestro capitán, un tanto alterado, y procedimos (procedieron) a separar los barcos. Nada más irnos llamó por teléfono a alguien para informar, quizás porque le habían multado o lo que fuese, y tras ello se fumó dos cigarros de una tacada. Pero no hubo más y no nos atrevimos a preguntarle ya que su inglés era muy básico.


Aunque seguimos comentando el incidente, pronto lo olvidamos y nos centramos en Kekova. Primero en la bahía, de gran belleza....

y después en la ciudad sumergida, situada en una franja de la isla de un kilómetro y medio. En ella se ven restos bajo el agua, a uno o dos metros de profundidad, y muchos más en la costa. 
 
Sorprende la ubicación ya que es un lugar muy escarpado. Parece difícil imaginar como eligieron este lugar para establecerse, pero lo cierto es que es así la mayor parte de la costa licia.


Durante un rato recorrimos este lateral de la isla viendo restos de antiquísimos muros,






mosaicos,

construcciones, escaleras en las paredes y tratando de imaginar la vida aquí hace dos mil años y más.

Como nuestro barco era pequeño y de escaso calado, se acercaba mucho a la costa sin problemas y eso nos facilitaba observar los restos.

Desde aquí iniciamos una nueva singladura (bueno, es un decir) hacia otra parte de la bahía: Simena.

Se trata de un punto llamativo por el espectacular castillo situado sobre la localidad, al que poco después subiríamos,

Al llegar contemplamos de cerca la famosa tumba licia construida en el mar, aunque es una zona en la que cubre solo un metro o menos, pero el efecto es espectacular...de alguna forma similar al tori de Mijayima, metido en el mar, que vimos en Japón hace tres años.




Para llegar al castillo hay que subir una cuestecita, que nos amenizaron dos amables rapazas del lugar con sendos canastos con pañuelos.

Nos resistimos hasta el final, pero después hubo quien cayó, aunque los precios eran modestos.


La vista desde el castillito es chula y puedes ver que Simena no es una isla, sino que está unida a tierra firme. 
 
Pero la comunicación es solo marítima pues no hay carretera para llegar en coche. Es parte de su encanto.




Nos detuvimos un buen rato pues estábamos la mar de a gusto. 
 
Lo que se ve enfrente en la foto inferior es Kekova.






Tras un rato prudencial iniciamos el descenso, algo menos sencillo de lo previsible dada la peculiar configuración urbana del lugar: no hay franja litoral pública y cada embarcadero va a dar a un restaurante o similar, desde donde existen salidas para el interior, pero todas cubiertas y con frondosos árboles.
 
Llegar al punto donde estaba atracado nuestro barco no fue sencillo del todo.


El esfuerzo requirió otra "Efes" y así contemplamos de cerca la tumba marítima. Después fuimos al barco a por los bañadores para darnos un chapuzón.


Tras ellos regresamos al punto de partida tres horas después de la salida. Descontado el cuarto de hora del incidente llegamos a la conclusión de que el capitán podía reclamarnos 100 liras extras. Acordamos que si no pedía nada le daríamos 50 de propina.

En la foto superior el lobo de mar cuenta el dinero. Tal cual, no pidió nada de más y le dimos las 50 liras. Quedó sorprendido y a los pocos segundos reaccionó devolviéndonos el billete y diciendo que con 20 llegaban. Todo un gesto, pero le mantuvimos el aguinaldo, aunque Juama le sugirió que no se lo gastara en tabaco. Desde luego con nosotros se fumó un mundo.

En el puerto de partida, Üçagiz, nos llevó a un restaurante de pescado, como le pedimos, y mientas nos guisaban dos peixes, uno parecido al abadejo de unos dos kilos y otro menos conocido y más pequeño, dimos una vuelta por el pueblo, donde mantenían abiertos numerosos puestos de mercadillo para turistas.
 
La comida estuvo bien, el establecimiento al lado del mar encantador, y tras ello nos trasladamos a otro similar a tomar café.
 


De regreso a casa, con la intención de parar en Kas, para despedirnos de ese pueblecito turístico pero precioso, nos topamos con una puesta de sol de postal. 
Las fotos hechas desde el coche dan buena prueba.



   En las afueras de Kas, cómo no, encontramos el enésimo anfiteatro, este reconstruido y enfocado hacia el mar, y después nos dimos una vuelta.
 
Docenas de tiendas abiertas pero muy pocos clientes. Y volvimos a ver el café Barcelona y otro calificado como "tapas bar", pero solo paseamos con el fresco de la noche recién caída y compramos algunos recuerdos.

También decidimos que al día siguiente, viernes, último en Kalkan, lo dedicaríamos a la holganza y a disfrutar de la casa. Y así lo hicimos,


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