viernes, 1 de noviembre de 2013

Despedida de Kalkan y otra vez Estambul

El último día en Kalkan discurrió según lo previsto: cumpliendo la jornada habitual de un guiri al uso. Desayuno poco tempranero, rato de cháchara junto a la piscina, baño en el mar, comida casera, rato de descanso y cena en un restaurante recomendado por los dueños de nuestra mansión. 
 
Se trataba de relajarnos y sacar un poco de jugo a esta preciosa casita.

En el mar hubo quien se planteó dejar chiquita a Mireia Belmonte (¡Paco y Ana nada menos que atravesaron Kalamar Bay!), pero Juanma, que solo recorrió un trozo, por si acaso se hizo acompañar de sendos flotadores, pero queda para la intimidad como hizo que le siguieran cuales perritos falderos.




Ya de regreso, Paco volvió a bañarse con Marien y en la foto de abajo se ve a varios de los bañistas, Álvaro incluido. La temperatura del mar, nada que ver con la que estamos acostumbrados en las atlánticas corrientes.

Incluso a la vuelta, el agua de la piscina estaba un poco más fresca que la de la Kalamar Bay.

A la hora de la comida hubo overboking de manos para trabajar y eso que el menú era sencillo, pero ninguna quiso perderse el placer de cocinar, labor que otros días recayó en Paco y Álvaro, dos genios de los fogones y con una disposición a prueba de bomba. La verdad es que nos hemos encontrado muy cómodos y reinó el buen ambientillo, como siempre.


El rato posterior fue variado. Unas optaron por charlar...Otros por relajarse de forma aparente.



Y Alfonso directamente por traspasar la barrera que te abre el camino a una siesta de película, aunque en su defecto es preciso señalar que no estaba en su mejor día y por ello y muy a su pesar no pudo acompañar a la pareja que logró el mejor tiempo en la travesía de la bahía, una prueba nunca antes celebrada.

Lenta y paseniñamente cayó la tarde en Villa Azure.

Así pasaron las horas hasta la cena en el Aubergine, un local chulo con una terraza encantadora encima del puerto de Kalkan. Fuimos a tiro fijo por indicación de los alquilantes: había otros muchos en el paseo y no habría sido sencillo elegir.

Cenamos muy bien y la mayoría optó por el cordero, la carne estrella del país, que ofrecían de diversas formas.

Y al día siguiente, madrugón del copón: a las 4,45 nos recogió el transfer para llevarnos al aeropuerto de Dalamán y en el mismo momento devolvimos nuestra fregoneta que tan buenos servicios prestó aunque a veces se ahogara un porquito. Tomamos el vuelo para Estambul, donde pasamos la última jornada del viaje.

Kalamar Bay, Kalkan y Villa Azure, se quedan con nosotros como un bonito recuerdo al que recurrir para sobrellevar el otoño que abruptamente nos recibió al llegar a casa en forma de temporal de lluvia y viento, esperando tiempos mejores que, sin duda, vendrán.


Vuelta a Estambul


En el segundo transfer del día, para depositarnos en el hotel (en otra parte de la ciudad, para vislumbrar algo más de esta megalópolis) se encontraba el mismo chófer que nos había llevado una semana antes. 

Fue una sensación agridulce, bien por que nos sonaba su cara y menos bien porque el otro viaje lo hizo a lo crazy. Su hoja de servicios no sufrió merma alguna. Mantuvo el nivel cambiando de carril a cada momento, presionando en el más rápido para que se apartaran y lo dejaran adelantar y manejándose con el volante, el móvil y la tableta todo a la vez y sin tener tres brazos. Hasta le dió tiempo para darse la vuelta y rebanarle el sombrero a Alvaro que, finalmente, optó por regalárselo a ver si se tranquilizaba. 
 
Esta vez iban delante Alfonso y Juanma, pues Paco, al que le había tocado el primer día, dijo que ni de broma. Alfonso, en su mejor turco, se dedicó a arengarle  en marcha con expresiones como Alá es grande eh!, o mira éste de delante qué ca.....lo que le faltaba a la criatura para creerse Fernando Alonso. 

Eso sí, los echamos a todos de la vía y un trayecto planificado para una hora duró bastante menos y nos dejó en una calle estrecha en la mismísima puerta del hotel, ante nuestras miradas de asombro sobre cómo era capaz de maniobrar en sitios inverosímilmente estrechos y llenos de coches aparcados. Al final nos despedimos hasta cariñosamente y sin daños aparentes. Estabamos al lado de la plaza de Taksim, en la foto.


Nada más dejar las maletas en el hotel nos acercamos a la  plaza,  eje de las protestas que meses atrás pusieron contra las cuerdas al gobierno turco de Erdogan y en las que hubo muertos, heridos y cientos de detenidos. El desencadenante fue el intento de cortar los árboles de la plaza para construir un centro comercial.

La situación estaba tranquila, los árboles en su sitio y solo había una discreta presencia policial.

De la plaza bajamos caminando hasta la torre Gálata por la principal arteria comercial de Estambul, la calle Istiklal. Es larga, animada, llena de tiendas y comercios de todo tipo, y no os oculto que también los Zara y Mango de rigor.
El objetivo era echar un vistazo a esta parte por la mañana y dedicar la tarde al gran bazar.



Por el camino nos topamos una protesta de familias de desaparecidos de hace un par de décadas, acto que contemplaba un nutrido grupo de personas y también numerosos periodistas. 

Pese a intentarlo, no pudimos saber de quienes se trataba.



Muy cerca los controlaba un importante dispositivo policial, que justo en ese momento empezó a movilizarse calzándose cascos, escudos y bombonas de gases. 

Parecía que iban a disolverlos y no precisamente con amabilidad. Esperamos un rato y como nada ocurría optamos por seguir nuestro paseo.


Llegamos al fin a la torre Gálata, punto neurálgico de la ciudad y atravesamos a pie el puente que conecta con la zona de las principales mezquitas y donde se encuentra el gran bazar y el impresionante mercado de las especias.


El puente es otro espectáculo, el del mar lleno de barcos de todo tipo.

Y encima vendedores, pescadores y espabilados como el de la foto inferior que coloca una báscula normal del todo y te permite pesarte previo pago de un estipendio.

A pesar de que el cielo estaba cubierto, la ciudad bullía por todas las esquinas.

Al final llegamos a los arrabales del gran bazar, que es otro mercadillo inmenso pero al aire libre por el que rotan, con un desorden que parece planificado, ingentes multitudes.

El gran bazar es una ciudad en sí misma, con docenas de puertas y un laberinto de callejuelas aunque todo cubierto y albergando millares de tiendas. 

Nos pusimos de acuerdo en un lugar de encuentro por si nos separábamos, pero al final no hizo falta.


Las horas que allí pasamos fueron un disfrute, es un espectáculo incluso aunque no compres, pero hay que reconocer que también compramos algunas cosillas, mayormente para los regalos de las respectivas familias y algún que otro caprichito.

También comimos allí dentro (hay de todo, bares, restaurantes, baños, sedes de la policía y lo que se te ocurra) y comprobamos que vendedores y camareros están todos doctorados en "Harvacete", que diría el dueño de Mercadona.

El regateo es la norma obligada y normalmente (no siempre, pero cuando ocurre es la excepción) te lo lleva a un precio inferior (20%, 30% o 40% menos), pero lo impresionante es que te hablan en español y hasta en catalán, y hubo vendedores que nos identificaron como gallegos, incluso uno nos comentó que éramos portugueses, ya que los de Coruña son los turcos .

Obviamente, ninguno ha estudiado nuestro idioma y lo aprenden de atender a españoles, lo que es un milagro pues lo hablan bastante bien. Uno de ellos nos dijo que por esa vía hablaba más o menos una decena de idiomas.
- ¿Inglés, francés, italiano?, inquirió un inocente Juanma.
- Sí, bueno, y también armenio o hebreo, precisó este políglota autodidacta sin buscar fardar ni nada por el estilo, pero dejando claro que no solo se dedica a las lenguas más usuales para nosotros.


El resultado es que allí te desenvuelves con comodidad y el resultado, en bolsas, a la vista está. A algunos les tocó la mejor/peor parte....

Salimos conscientes de que en esas cuatro horas habíamos visto una mínima parte, una esquina del gran bazar, pero encantados y pensando que merecía, la ciudad y este enclave comercial único, una visita más pausada.

Ya de noche, pasadas las cinco de la tarde, volvimos sobre nuestros pasos para ver también el mercado de las especias por calles similares, con tiendas y miles de personas.

Este mercado también se sale en espectacularidad, con una mezcla de olores de las especias y desde el punto de vista estético una auténtica obra de arte.

Añadimos algunas compras, sobre todo en materia de delicias turcas que ya no hacen tan empalagosas como antes para dar salida a las últimas liras turcas y buscamos un sitio para cenar. Elegimos un céntrico restaurante con vistas situado enfrente de la torre Gálata, pero con el brazo de mar por medio. Nos instalamos en el tercer y último piso y disfrutamos de una bonita panorámica.



Estaba a tope y nos cedieron una mesa, la mejor de todas, con el compromiso de que a las 20,30 teníamos que haber terminado pues tenían una reserva que cumplir. 

Aceptamos y nos tomamos de nuevos unos platos de cordero y unos entrantes que nos ofrecieron ya preparados para elegir.

La foto inferior es la vista del exterior desde este restaurante, con el centro de Estambul abarrotado. 

De vuelta al hotel , Ana y Fely se echaron a la calle, mientras los demás, agotados una dura jornada y el madrugón, preferimos acostarnos. Al día siguiente refirieron que la animación era espectacular con calles, cafés y locales llenos a rebosar. Pasearon por la arteria comercial de la mañana, la Istikal, y las calles aledañas, cuyo aspecto nocturno era muy diferente, todas las tiendas abiertas, jóvenes haciendo botellón, discotecas a tope, pescaderías a pleno rendimiento a las diez de la noche, restaurantes a cientos sin una mesa libre....
Los demás también fuimos conscientes del alboroto pues el hotel estaba en medio de esta marabunta. Los atascos en la calle duraron toda la noche, así como los pitidos de los coches, los gritos y la algarabía. Dormir, dormir, la mayoría como que no pudo. Cuando nos vino a buscar la furgoneta, a las seis de la mañana, las terrazas seguían llenas de gente que todavía no se había acostado. Según nos dijo el chico del hotel es así todos los viernes y sábados. Para que luego digan de España.
Y como prueba de la repercusión mediática del viaje, las fotos que vienen a continuación:

Alfonso en una medianera



Álvaro en una valla publicitaria de la parada del bus.

Paco de portada en una revista.
                                                         


¡Fely en la mismísima televisión!

Ana quitándole la valla a Álvaro.

Y Marien y Juanma en plan más discreto.


En otras palabras, que Ana encontró aplicaciones que desconocía en su nueva cámara y se pasó el rato jugando en el aeropuerto de Bilbao, donde el avión hizo escala y donde los de Santiago tuvimos que estar una hora aguardando a bordo.
Así pasó el rato y también debatimos opciones de viaje para el 2014. En principio puede que haya novedades y recorramos en barco los canales del sur de Francia. Vinimos tan contentos y relajados por estos diez días por tierras turcas que planificar otra escapada fue otra forma de disfrutarla de forma anticipada.

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